LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

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    A cinco kil√≥metros de SANTA ELENA, el pueblo mas septentrional de la provincia de Ja√©n, junto al paso de DESPE√ĎAPERROS, existe un paraje donde los restos de armas antiguas son tan abundantes que durante siglos han surtido a los labriegos de la comarca del hierro necesario para la fabricaci√≥n de sus herramientas. Es el campo de batalla de las Navas de Tolosa.

    El combate ocurri√≥ en el a√Īo 1212, pero en realidad, toda la historia comenz√≥ mucho antes. Cuando el califato de C√≥rdoba se descompuso en un mosaico de peque√Īos estados (los llamados reinos taifas), los reinos cristianos del Norte aprovecharon la oportunidad para ampliar sus fronteras hasta el r√≠o Tajo y tomara Toledo. Los d√©biles reyezuelos de taifas tuvieron que comprar la paz y la protecci√≥n de los monarcas cristianos pagando crecidos tributos anuales.

    Por aquel tiempo los almor√°vides, una confederaci√≥n de tribus bereberes, hab√≠an forjado un poderoso imperio que se extend√≠a por lo que hoy es Marruecos, Mauritania, parte de Argelia y cuenca del r√≠o Senegal. La creciente presi√≥n cristiana no dejaba m√°s alternativa a los cada ves m√°s d√©biles reyezuelos andalus√≠es que solicitar ayuda a los almor√°vides. Pero no se atrev√≠an a dar este paso porque tem√≠an que sus rudos correligionarios del desierto se prendaran de las f√©rtiles huertas y populosas ciudades de al-Andalus y se las arrebataran. Finalmente el rey Motamid de Sevilla se atrevi√≥ a dar el paso decisivo y firm√≥ un pacto con el sult√°n almor√°vide. Prefer√≠a, aleg√≥, ejercer de camellero en Africa a ser porquero en Castilla.

    Los almor√°vides enviaron un ej√©rcito que derrot√≥ a los castellanos en Zalaca o Sagrajas (1086). Despu√©s ocurri√≥ lo que se tem√≠a: barrieron a los reyezuelos de taifas, unificaron al-Andalus y lo incorporaron a su imperio. Como suele ocurrir, los fieros vencedores acabaron siendo conquistados por la superior cultura de los vencidos y los nuevos conquistadores se aficionaron al refinamiento de la sociedad hispanomusulmana, suavizaron sus costumbres y se civilizaron. Es decir, desde la √≥ptica fundamentalista, se corrompieron. Hacia 1140 la fortaleza moral y el militarismo de los almor√°vides se hab√≠an mitigado tanto que su imperio se fraccion√≥ y en al-Andalus volvi√≥ a aparecer una generaci√≥n de peque√Īos reinos taifas tan d√©biles como los anteriores. La balanza del poder militar se inclinaba de nuevo hacia los reinos cristianos.

LA AMENAZA ALMOHADE 

    La decadencia almor√°vide favoreci√≥ el surgimiento de un grupo ber√©ber en los macizos del Atlas, que se rebel√≥ contra los almor√°vides y form√≥ una confederaci√≥n de c√°bilas regentada por dos asambleas de jeques. Tras los violentos combates, los almohades conquistaron el norte de Africa y pusieron sus ojos en al-Andalus. Sus califas adoptaron el t√≠tulo de Miramamol√≠n (Amir ul-Muslimin) o Pr√≠ncipe de los Creyentes.

    Al rey Alfonso VII de Castilla no se le ocultaba el paralelismo de la nueva situaci√≥n con la del per√≠odo anterior. Por lo tanto se propuso evitar el fortalecimiento de los reinos de taifas o el intervencionismo, ya iniciado, de los almohades.

    Alfonso VII logr√≥ asegurarse los pasos que comunican Andaluc√≠a con la Meseta y en una audaz expedici√≥n conquist√≥ el puerto de Almer√≠a (1147), pero a la postre la empresa resultaba excesiva para las fuerzas de Castilla e incluso para las del propio rey, que al regreso de una de sus expediciones se sinti√≥ enfermo y expir√≥ un caluroso d√≠a de agosto bajo una encina del puerto de Fresneda, en Sierra Morena.

    Muerto el rey, toda su obra en Andaluc√≠a se desmoron√≥ al instante y sus temores no tardaron en confirmarse. Los almohades atravesaron Sierra Morena y atacaron Castilla: el nuevo rey Alfonso VIII, intent√≥ contenerlos en Alarcos (1195), pero sufri√≥ una tremenda derrota.

    Despu√©s de Alarcos Castilla no ten√≠a nada que oponer a la furia africana. Los almohades asaltaron la plaza fuerte de Calatrava, cuya guarnici√≥n pasaron a cuchillo, y alcanzaron en sus correr√≠as hasta las puertas de Toledo y Madrid. La l√≠nea del Tajo apenas pod√≠a contenerlos. Sin embargo el prolongado esfuerzo de uno y otro bando y los aconteceres de la pol√≠tica interior del imperio almohade aconsejaron pactar. En 1197 Castilla y el Miramamol√≠n concertaron una tregua de diez a√Īos.

    Alfonso VIII ten√≠a, adem√°s, problemas con los reinos cristianos de Le√≥n y Navarra: pact√≥ con el rey de Le√≥n para tener el flanco cubierto y luego cay√≥ con todo su poder sobra los dominios de Sancho el Fuerte, rey de Navarra, su recalcitrante enemigo, al que oblig√≥ a firmar la paz.

    Despu√©s de las rencillas y guerras en el per√≠odo anterior, el primer lustro del siglo XIII trajo laboriosa calma para todas las partes. Desde el desastre de Alarcos, Alfonso VIII solo viv√≠a para preparar la revancha. En 1209, sinti√©ndose ya suficientemente fuerte, atraves√≥ la frontera para atacar Ja√©n y Baeza mientras los freires de Calatrava iban contra And√ļjar. Despu√©s de este preludio b√©lico, los dos bandos preparaban la guerra.

    Alfonso VIII s√≥lo contaba con la amistad de Arag√≥n y ten√≠a motivos para temer que Le√≥n y Navarra atacar√≠an su reino por el norte si concentraba su ejercito en el sur. Solamente el Papa pod√≠a garantizar la neutralidad de sus enemigos si declaraba Cruzada su guerra contra los almohades, lo que autom√°ticamente obligar√≠a a los otros reinos cristianos a respetar sus fronteras so pena de incurrir en excomuni√≥n.

    El Papa Inocencio III accedi√≥. En los p√ļlpitos se toda Europa se predic√≥ la nueva Cruzada para mayo de 1212. Los que concurrieran e ella obtendr√≠an plena remisi√≥n de los pecados. Adem√°s el Papa excomulgar√≠a a cualquiera que pactara con los mahometanos y orden√≥ a los reyes cristianos que aplazaran sus discordias personales en favor de la magna empresa com√ļn.

    Por la parte almohade los preparativos no eran menos activos. Al-Nasir, el Miramamol√≠n de los almohades, hijo del vencedor de Alarcos y de la esclava cristiana Zahar (flor), sali√≥ de Marraquech al frente de un gran ejercito en febrero de 1211. Al-Nasir ten√≠a treinta a√Īos. Era, seg√ļn una cr√≥nica √°rabe, alto, de tez p√°lida, barba rubia y ojos azules, valeroso, cauto y avaro. No hablaba mucho porque era tartamudo. Se dec√≠a que hab√≠a jurado sobre el Cor√°n conducir a sus tropas hasta Roma y abrevar sus caballos en el Tiber.

    El ejercito almohade se dirigi√≥ primero a Rabat y de all√≠ a Alcazarquivir. Mientras tanto sus correos recorr√≠an el imperio instando a los gobernadores a preparar lo necesario para la pr√≥xima y decisiva Guerra Santa. El ejercito almohade iba creciendo con las tropas que llegaban de su vasto imperio. Su magnitud planteaba problemas de administraci√≥n y abastecimiento pero Al-Nasir procuraba enmendar lo yerros y estimulaba a sus colaboradores haciendo decapitar a los funcionarios incompetentes.

    Una potente escuadra aguardaba el ejercito en Alcazar Seguer. En mayo, las tropas cruzaron el Estrecho y desembarcaron en Tarifa adonde sol√≠citos funcionarios de al-Andalus acudieron para homenajear al Miramamol√≠n.

    Pas√≥ un a√Īo antes de que los ej√©rcitos se enfrentaran en una acci√≥n definitiva. En este tiempo Alfonso VIII hizo una cabalgada por Levante y lleg√≥ hasta el mar. Al-Nasir por su parte puso sitio a la plaza fuerte fronteriza de Salvatierra. La fortaleza resisti√≥ dos meses de riguroso asedio antes de entregarse. En este tiempo, dice un cronista, las golondrinas que hab√≠an anidado en la tienda de Al-Nasir, empollaron y sacaron sus cr√≠as a volar. Conquistada la plaza, el Miramamol√≠n regres√≥ a Sevilla e intensific√≥ los preparativos guerreros.

    Poco despu√©s de ca√≠da Salvatierra falleci√≥ el infante Fernando de Castilla, todav√≠a adolescente. La muerte de su hijo bienamado, que ansiosamente esperaba hacer sus primeras armas contra los almohades, apen√≥ profundamente a Alfonso VIII. El rey busc√≥ alivio a su dolor entreg√°ndose a una intensa actividad militar mientras dur√≥ el buen tiempo, y en invierno se enfrasc√≥ en los aspectos diplom√°ticos de la Cruzada.

LLEGAN LOS CRUZADOS 

    En la primavera de 1212, los caminos de la Cristiandad se llenaron de cruzados cuya meta era Toledo. Los pobres iban a pie, mendigando por los caminos; los nobles, a caballo, seguidos de sus mesnadas. Entre ellos no s√≥lo concurr√≠an guerreros. Tambi√©n aflu√≠an muchedumbres fanatizadas de mujeres, jovenzuelos y personas in√ļtiles para la guerra que acompa√Īar√≠an al ej√©rcito expedicionario compartiendo sus privaciones y sometidos a su suerte favorable o adversa.

    El primero en llegar fue el caballeroso Pedro II de Arag√≥n, el amigo de Alfonso VIII, que aportaba tres mil caballeros con su correspondiente acompa√Īamiento de peones. ¬ŅY los reyes de Navarra y de Le√≥n? De estos no se esperaba que movieran un dedo para auxiliar a Alfonso VIII. Es m√°s, el de Navarra s√≥lo estaba esperando a que acabasen las treguas concertadas con Castilla para atacarla; el de Le√≥n, por su parte, hizo saber que s√≥lo se unir√≠a a la Cruzada si le eran devueltos ciertos lugares y castillos fronterizos que reclamaba como suyos.

    Aprincipios de junio llegaron cruzados de ultrapuertos, es decir los de fuera de la Pen√≠nsula, capitaneados por el arzobispo de Narbona. Eran en su mayor√≠a franceses aunque tambi√©n los hab√≠a italianos, lombardos y alemanes.

    El ej√©rcito almohade se puso por fin en movimiento. Subiendo por los antiguos arrecifes romanos y califales que remontan el Guadalquivir lleg√≥ a tierras de Ja√©n y ascendi√≥ en busca de los desfiladeros de Sierra Morena. Al-Nasir estaba bien informado sobre la actualidad y calidad de las tropas que se iban reuniendo en Toledo y proced√≠a con cautela. En lugar de atravesar los pasos de Sierra Morena para enfrentarse a su enemigo en Castilla, como hizo su padre cuando lo de Alarcos, decidi√≥ mantenerse a la defensiva y dejar que fueran los cristianos los que hiciesen el viaje por la meseta castellana y los desfiladeros del Muradal. As√≠ tendr√≠a de su parte dos elementos: el cansancio y desgaste de los cristianos al final de tan dura marcha y un favorable campo de batalla, puesto que os almohades ocupar√≠an posiciones ventajosas y forzar√≠an a los cristianos a aceptar el combate.

    Mientras tanto, en Toledo, los turbulentos hu√©spedes llegados de Francia no dejaban de causar problemas. El previsor arzobispo hab√≠a dispuesto que los cruzados acampasen en terreno amable, entre huertas, a orillas del Tajo, apartados del n√ļcleo de la ciudad; pero los extranjeros, sea porque no estaban tan habituados como los peninsulares a la convivencia y respeto con gente de otras religiones o culturas, o simplemente por impaciencia de la sangre y bot√≠n que esperaban conseguir en la Cruzada, asaltaron la juder√≠a toledana y la saquearon e incluso asesinaron a una parte de sus moradores, lo que llen√≥ de pesar a Alfonso VIII.

    El 20 de junio, el ej√©rcito cristiano parti√≥ de Toledo camino del sur. En el cuerpo de vanguardia iban ultramontanos guiados por don Diego L√≥pez de Haro. A los cuatro d√≠as de marcha avistaron la aldea y castillo de Malag√≥n, que era de los moros. Inmediatamente se lanzaron al asalto, arrasaron el lugar e irrumpieron en el castillo que los defensores hab√≠an ofrecido entregar a cambio de que se respetaran sus vidas, trato com√ļn razonable muy al uso de las contiendas peninsulares. Pero los ultrapuertos, herederos de la tradici√≥n intolerante de las Cruzadas, pasaron a cuchillo a casi todos los defensores y refugiados que albergaba la fortaleza. Cumplida la jornada, acamparon all√≠ mismo en espera del grueso del ej√©rcito con los reyes de Arag√≥n y Castilla, que lleg√≥ al d√≠a siguiente, 254 de junio. Ya para entonces se manifestaban los problemas de abastecimiento que eran la plaga de toda expedici√≥n importante en aquella √©poca.

    En aquella tierra que atravesaban los cristianos, casi despoblada y ayuna de recursos, estas privaciones se acentuaban. Con tales problemas llegaron a las m√°rgenes del Guadiana y buscaron los vados para atravesarlo. En estos lugares de aguas poco profundas los almohades hab√≠an esparcido artefactos met√°licos de cuatro puntas, los llamados abrojos, que se clavaban en los pies de los peones y caballos inutiliz√°ndolos para el combate. Con todo, los cristianos sortearon la v√≠a fluvial que los separaba de Calatrava.

CALATRAVA, LA MANZANA DE LA DISCORDIA

    Calatrava era, y a√ļn es en sus ruinas, una importante fortaleza que vigilaba el estrat√©gico paso entre Andaluc√≠a y Castilla. En 1158, los templarios que la guardaban se reconocieron incapaces de contener el empuje musulm√°n y la abandonaron. Entonces un grupo de caballeros y de monjes cistercienses se establecieron en ella y la defendieron de los almohades. Esta fue el origen de la Orden de Calatrava, orden mon√°stico-militar que el Papa aprob√≥ en 1164. Sin embargo, a la muerte de Alfonso VII, el convento-fortaleza fue conquistado por los almohades.

    El ej√©rcito cruzado acamp√≥ cerca de Calatrava y durante tres d√≠as sus jefes estudiaron un plan de ataque. Todos estaban de acuerdo en que no era prudente dejar a sus espaldas una plaza tan importante y buen abastecida que, adem√°s, estaba defendida por el andalus√≠ Abu Qadis, experto guerrero de la frontera. Por lo tanto deb√≠an tomar el castillo. El d√≠a 30 de junio lo atacaron violentamente y lograron conquistar su parte m√°s accesible. Los defensores parlamentaron y Alfonso VIII les concedi√≥ franquicia para retirarse salvando sus vidas y algunos bienes. Este acuerdo indign√≥ a los cruzados extranjeros que ya contaban con repetir la degollina de Malag√≥n. Por otra parte, ven√≠an muy quejosos de las calores excesivas del mes de junio, de las arideces de la meseta y de las privaciones que desde hac√≠a unos d√≠as ven√≠a sufriendo el ej√©rcito cristiano, a todo lo cual estaban m√°s acostumbrados los peninsulares. Por estas causas, el 30 de junio, la mayor√≠a de los extranjeros se retiraron de la Cruzada y regresaron a sus pa√≠ses de origen. Los m√°s exaltados pretend√≠an tomar Toledo, la capital desguarnecida de Castilla, para vengarse de Alfonso VIII, pero finalmente se conformaron con ir saqueando las juder√≠as de las poblaciones por donde pasaban. Otros se dirigieron a Santiago de Compostela para ganar la peregrinaci√≥n y no hacer el viaje en balde; todos, en fin, se perdieron por los caminos del Pirineo tal como hab√≠an aparecido. Un historiador calcula que la deserci√≥n de los ultramontanos redujo al ej√©rcito cristiano en un tercio de sus efectivos. La perdida mas grave no fue, sin embargo, el n√ļmero, sino la calidad, pues muchos de ellos eran veteranos de guerra y soldados profesionales.

    En Calatrava, ya recuperada para su Orden, descansaron los ej√©rcitos de Castilla y Arag√≥n y se repusieron de hambres pasadas, pues hab√≠an encontrado la fortaleza bien avituallada. All√≠ se les unieron doscientos caballeros navarros al mando de Sancho el Fuerte, que hab√≠a decidido deponer temporalmente su rencor y enemistad con el castellano para participar en la Cruzada.

    Ados jornadas de camino estaba Alarcos, a pocos kil√≥metros de la actual Ciudad Real. Muchos recuerdos tristes debieron de acudir a la memoria de Alfonso VIII a la vista de aquellos campos yermos. En ellos los almohades hab√≠an machacado literalmente a su flamante ej√©rcito diecisiete a√Īos atr√°s. Durante todo este tiempo el fantasma de Alarcos hab√≠a perseguido al rey castellano, hab√≠a mediatizado sus actos y hab√≠a alimentado su sed de venganza. Otro responsable de Alarcos compart√≠a los sentimientos de Alfonso VIII y volv√≠a a contemplar con √©l, despu√©s de tantos a√Īos, el escenario de su desdicha: don Diego L√≥pez de Haro, el belicoso se√Īor de Vizcaya al que muchos hac√≠an responsable de aquella infamante derrota. Despu√©s del abandono de los ultramontanos ninguno de los dos personajes estar√≠a completamente seguro de no estar encamin√°ndose a otro Alarcos de dimensiones a√ļn mayores.

    Los d√≠as 7, 8, 9 de julio los cruzados acamparon a la vista de Salvatierra, otro antiguo castillo cristiano en poder de los musulmanes. All√≠ pasaron revista a sus efectivos y se prepararon para la batalla.

    Mientras tanto llegaban informes del ej√©rcito almohade. Al-Nasir esperaba a los cristianos a pocos kil√≥metros de all√≠, al otro lado de las gargantas del Muradal, donde hab√≠a montado sus campamentos en estrat√©gicas posiciones.

    El grueso del ej√©rcito almohade se hab√≠a asentado frente al desfiladero de la Losa, garganta rocosa tan √°spera y dif√≠cil que "mil hombres podr√≠an defenderla de cuantos pueblan la tierra". El ej√©rcito cristiano hab√≠a de recorrer forzosamente este camino.

    El d√≠a 11, los cristianos acamparon en las Fresnedas. Don Diego L√≥pez de Haro env√≠o a su hijo don Lope con un destacamento a las alturas del puerto del Muradal, hoy Despe√Īaperros, para que reconociese el terreno y ocupase la peque√Īa meseta que all√≠ existe. Los expedicionarios ganaron r√°pidamente las alturas y avistaron el castillo de Ferral, adelantado de Sierra Morena, donde se hab√≠a instalado la avanzada almohade que vigilaba el desfiladero de la Losa. En cuanto descubrieron a los cristianos, los almohades salieron a hostigarlos.

    Al d√≠a siguiente, 12 de julio lleg√≥ el ej√©rcito cristiano al pie de Sierra Morena y nuevas tropas reforzaron a la vanguardia instalada en la meseta del Muradal. Al amanecer del d√≠a 13, el resto del ej√©rcito se les uni√≥ y acamp√≥ en la llanada. Los vigilantes almohades abandonaron prudentemente el castillo del Ferral y se replegaron hacia el sur.

    Los dos ej√©rcitos estaban separados solamente por el desfiladero de la Losa fuertemente custodiado por los almohades. La situaci√≥n de los cristianos era delicado. Sus enemigos podr√≠an hacer, son dificultad, una carnicer√≠a de cualquier ej√©rcito que se aventurase por aquellas angosturas. Por otra parte, el paraje donde hab√≠an acampado los cruzados era √°spero e inh√≥spito.

    Quiz√° lo m√°s sensato fuera abandonarlo lo antes posible y bajar de nuevo al llano porque, adem√°s, los v√≠veres escaseaban nuevamente. Avanzar hacia el ej√©rcito almohade a trav√©s de la mortal ratonera de la Losa era suicida. Hubo consejo de reyes y se√Īores. Los m√°s prudentes propon√≠an desandar lo andado, descender al pie de la sierra y buscar otro paso que atravesara las monta√Īas.

    Pero Alfonso VIII tem√≠a que esta retirada acabara por agotar y desmoralizar a sus huestes. Por otra parte, lo m√°s probable era que los almohades guardaran igualmente todos los pasos de la comarca. No hab√≠a alternativa. Tratar√≠an de forzar el desfiladero de la Losa yendo en l√≠nea hacia el enemigo. La perspectiva de repetir lo de Alarcos debi√≥ de amargar aquel d√≠a a muchos veteranos.

EL PASTOR DE LAS NAVAS 

    Los cristianos necesitaban un milagro y el milagro ocurri√≥. Al menos eso sostiene la tradici√≥n. Ante Alfonso VIII se present√≥ un pastor que dec√≠a conocer un paso seguro que los almohades no vigilaban. Nada se perd√≠a con probar. Don Diego L√≥pez de Haro y un destacamento de exploradores acompa√Īaron al r√ļstico que los llev√≥ primero hacia el oeste y luego hacia el sur, a trav√©s de los actuales parajes del Puerto del Rey y Salto del Fraile. As√≠ fueron a salir, esquivando los relieves m√°s comprometidos de aquellas monta√Īas, a la explanada de la Mesa del Rey, donde se establecieron. Don Diego L√≥pez de Haro comunic√≥ al rey que el paso del pastor era perfecto, justamente lo que necesitaban. En cuanto amaneci√≥ el d√≠a siguiente, el grueso del ej√©rcito levant√≥ el campamento y fue a acampar en la Mesa del Rey.

    Por fin se encontraban los dos inmensos ej√©rcitos frente a frente sin obst√°culo natural que los separase. Perdida su ventaja inicial, Al-Nasir decidi√≥ plantear la batalla lo antes posible para evitar que los cansados cristianos y sus caballos se repusieran de las fatigas de la caminata. Form√≥ pues a su ej√©rcito en orden de combate, se situ√≥ favorablemente sobre el terreno y envi√≥ columnas de caballer√≠a y arqueros para que hostigaran a los cristianos en sus posiciones. Pero los reyes cristianos no mordieron el anzuelo y la actividad b√©lica de la jornada se redujo a peque√Īas escaramuzas sin importancia.

    Al d√≠a siguiente, domingo, 15 de Julio los almohades amanecieron formados en orden de combate y se mantuvieron de esta guisa hasta mediod√≠a, pero los cristianos eludieron nuevamente el encuentro y se contentaron con escaramuzar. Los adalides de uno y otro bando analizaban la fuerza y disposici√≥n del adversario y tomaban las medidas oportunas para asegurarse la mejor fortuna en la batalla campal que se avecinaba.

LOS EJ√ČRCITOS ENFRENTADOS 

    Pocos conseguir√≠an conciliar el sue√Īo en los campamentos de las Navas la noche del d√≠a 15 de Julio de 1212. Unos y otros contemplar√≠an el parpadeo de las luces del campamento enemigo mientras esperaban impacientes la amanecida del d√≠a decisivo. Todav√≠a era de noche cuando en el campamento cristiano circul√≥ la orden de prepararse para el combate. Pasaron los cl√©rigos administrando la absoluci√≥n a los cruzados que aprestaban arreos y armas.

    Cuando clareo el d√≠a ya se hab√≠an desplegado las fuerzas. En el campo cristiano tres cuerpos de ej√©rcito dispuestos en l√≠nea ocupaban la llanura. El central estaba formado por las tropas de Castilla; a su izquierda, las de Arag√≥n con Pedro II al frente y a la derecha los navarros de Sancho el Fuerte. Las dos alas hab√≠an sido forzadas con tropas de varios concejos castellanos. Cada uno de estos cuerpos estaba a su vez dividido en tres l√≠neas ordenadas en profundidad.

    La vanguardia del cuerpo central, que ser√≠a el eje de la lucha, iba mandada por el veterano don Diego L√≥pez de Haro. En la segunda l√≠nea se ordenaban los caballeros templarios, al mando del Maestre de la Orden, G√≥mez Ram√≠rez; los caballeros hospitalarios, los de Ucl√©s y los de Calatrava.

    En la retaguardia iba Alfonso VIII acompa√Īado por el arzobispo de Toledo y otra media docena de obispos castellanos y aragoneses y probablemente tambi√©n por el arzobispo de Narbona. Los nobles caballeros y freires de las √≥rdenes militares eran guerreros profesionales y se hac√≠an acompa√Īar de peones y servidores igualmente experimentados, pero a las tropas de los concejos, aportadas por las ciudades castellanas, les faltaba experiencia guerrera y entrenamiento. Por eso se hab√≠a dispuesto que combatieran mezcladas con las tropas profesionales. De este modo la calidad ser√≠a m√°s homog√©nea y la infanter√≠a y la caballer√≠a se prestar√≠an mutuo apoyo.

    El ej√©rcito almohade presentaba tambi√©n tres cuerpos: en el primero un n√ļcleo de tropas ligeras; en el segundo, el heterog√©neo conjunto del ej√©rcito integrado por voluntarios de todo el dilatado imperio, incluyendo a los contingentes de al-Andalus; en la retaguardia, los almohades propiamente dichos ocupando la ladera del cerro de los Olivares en cuya cima Al-Nasir hab√≠a plantado su emblem√°tica tienda roja, en el centro de una fortificaci√≥n de campa√Īa construida por una amplia empalizada de troncos unidos y reforzados por cadenas. Este ingenio desempe√Īaba el papel de las alambradas en la guerra moderna. Defend√≠a la empalizada una nutrida guardia de voluntarios armados de picas, arcos y hondas. Es de notar que muchos de √©stos estaban atados por los muslos y enterrados hasta las rodillas. Al-Nasir, sentado sobre su escudo a la puerta de la tienda, le√≠a el Cor√°n e impetraba la protecci√≥n de Al√° en el apurado trance de aquella batalla decisiva.

UNA INFINITA MUCHEDUMBRE 

    ¬ŅCuantos combatientes se enfrentaron en las Navas de Tolosa? Los cronistas √°rabes hablan de seiscientos mil combatientes musulmanes y de una innumerable muchedumbre de cristianos. Los cristianos se refieren a casi doscientos mil jinetes musulmanes y la consabida infinita muchedumbre de peones. Modernos estudiosos de la batalla cifran los efectivos almohades entre 100000 y 150000 combatientes (probablemente el primer n√ļmero se m√°s exacto que el segundo) y los cristianos entre 60000 y 80000. Incluso admitiendo las cifras m√°s modestas, hemos de reconocer que el choque debi√≥ ser de los m√°s espectaculares y sangrientos de la historia medieval.

    En general puede decirse que los cristianos estaban mejor armados que los musulmanes, especialmente en lo tocante a armamento defensivo: escudos, cotas de malla y yelmos de metal o cuero. El ofensivo abarcaba una amplia panoplia: lanza, espada, cuchillo, maza o hacha, alabarda, arco y honda. Por la parte almohade el armamento defensivo se limitaba pr√°cticamente al escudo. Sus peones iban provistos de lanzas y espadas, azagayas, arcos y hondas. El predominio de las armas arrojadizas en el campo musulm√°n se refleja en las enormes reservas de flechas y venablos que cayeron en manos de los cristianos. El arzobispo de Narbona calcul√≥ que dos mil ac√©milas no ser√≠an suficientes para transportar las cajas de flechas encontradas.

    La t√°ctica empleada por los ej√©rcitos almohade y cristiano se basaba en concepciones del arte militar diametralmente opuestas y ambas igualmente eficaces. Por la parte cristiana, Alfonso VIII hab√≠a tenido mucho tiempo para meditar sobre las ense√Īanzas de Alarcos. Adem√°s conocer√≠a las contramedidas que los cruzados hab√≠an desarrollado en Siria y Palestina para hacer frente a similares t√°cticas musulmanas. Frente al formidable bloque de la caballer√≠a cristiana que cargaba frontalmente en compacta formaci√≥n, los musulmanes opon√≠an tropas ligeras capaces de dispersarse √°gilmente en todas direcciones, hurtando el blanco a la acometida enemiga, para luego agruparse y desplaz√°ndose r√°pidamente, envolver el enemigo y devolver el golpe en sus puntos vulnerables, la retaguardia y los flancos. Algo parecido ocurri√≥ en Alarcos: los almohades desorganizaron las tropas de los concejos que formaban las alas del ej√©rcito castellano y rodearon al n√ļcleo de la caballer√≠a atac√°ndolo por los lados. Por eso, en las Navas, Alfonso VIII dispuso que los concejos combatieran mezclados con guerreros profesionales, freires o caballeros. Adem√°s reforz√≥ convenientemente los bordes exteriores de las alas.

    El plan de combate de los reyes cristianos deb√≠a algo a la experiencia ajena, a los cruzados de Siria. Despu√©s del encuentro de Doriela, que enfrent√≥ por vez primera en batalla campal a cruzados y turcos en 1097, los cristianos desarrollaron nuevas t√°cticas para evitar que las ligeras y √°giles tropas musulmanas los cercaran. Bohemundo, el gran t√°ctico cristiano, ide√≥ proteger los flancos del ej√©rcito con obst√°culos naturales, conservar la formaci√≥n cerrada para evitar el desmoronamiento de las l√≠neas y sobre todo, mantener un cuerpo de reserva con el que atacar al enemigo cuando intentara cercar al cuerpo principal. En Palestina, la reserva era mandada por Bohemundo personalmente. En las Navas de Tolosa vemos a Alfonso VIII al frente del cuerpo de retaguardia. De la oportuna intervenci√≥n de esta reserva, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, depend√≠a el resultado de la batalla.

EL EJERCITO DE AL-NASIR 

    El dispositivo almohade no era menos formidable que el cristiano. Tropas de las m√°s variadas procedencias, representantes de cada c√°bila y tribu del imperio, hab√≠an convivido durante un a√Īo y medio y se hab√≠an preparado para este encuentro. El plan de batalla almohade era simple, t√≥pico y efectivo.

    Primero sus tropas ligeras desorganizar√≠an y cansar√≠an al enemigo. En la vanguardia pondr√≠a sus peores tropas, la muchedumbre de fan√°ticos voluntarios √°rabes, bereberes, almohades y andalus√≠es atra√≠dos por la Guerra Santa, los que aspiraban a ganar el Para√≠so. Mientras los cristianos se cebaban en esta carne se ca√Ī√≥n y la persegu√≠an hasta posiciones desventajosas, los h√°biles arqueros de Al-Nasir sembrar√≠an la muerte en las l√≠neas castellanas. Cuando el enemigo estuviera cansado y en terreno desventajoso, entrar√≠an en combate los almohades para dar el golpe de gracia. Si alguna carga de los cruzados llegaba hasta el cuerpo de zaga o retaguardia almohade, las formidables defensas de su palenque y la guardia bastar√≠an para detenerla.

    Los componentes de la guardia del palenque no eran, como sostiene la tradici√≥n historiogr√°fica cristiana, desgraciados esclavos negros encadenados unos con otros para evitar su huida y obligados a combatir hasta la muerte. M√°s probablemente se trataba de fan√°ticos voluntarios, los llamados imesebelen (desposados) los que, ligados por un juramento, ofrec√≠an sus vidas en defensa del Islam y se hac√≠an atar por las rodillas para asegurarse de que se sacrificar√≠an llegado el caso. La de los imesebelen es una instituci√≥n que ha perdurado hasta nuestros d√≠as. Escribe Huici: "Los franceses han sido muchas veces testigos de su valor en las campa√Īas argelinas. En 1854 dos columnas francesas penetraron en la Gran Cabilia y encontraron soldados desnudos hasta la cintura, vestidos tan s√≥lo con un calz√≥n corto y atados unos a otros por las rodillas para no huir: eran los imesebelen a quienes hab√≠a que rematar a bayonetazos sin conseguir que se rindiesen"

    Una fuente √°rabe sostiene que en las Navas combatieron diez mil arqueros Agzaz. Esta tribu de arqueros turcos hab√≠a llegado al imperio almohade, v√≠a Egipto, unos veinticinco a√Īos atr√°s. El padre de Al-Nasir, el vencedor de Alarcos, uno de los m√°s expertos generales de su tiempo, los incorpor√≥ a su ej√©rcito y los pagaba espl√©ndidamente. El secreto de los arqueros turcos radicaba en sus arcos especialmente potentes y en la t√°ctica que empleaban. Pod√≠an disparar con el caballo a todo galope y en cualquier direcci√≥n. Fueron, en Siria y Palestina, la pesadilla de los cruzados hasta que estos desarrollaron t√°cticas capaces de contrarrestar sus ataques. Es evidente que los servicios de informaci√≥n de ambos ej√©rcitos funcionaban a la perfecci√≥n y que cada bando conoc√≠a de antemano los efectivos del contrario y el uso que probablemente har√≠a de ellos. Los dos estados mayores tomaron las contramedidas oportunas, aunque el cristiano se prob√≥ m√°s acertado al adoptar las t√°cticas avaladas por los cruzados en Oriente.

COMIENZA LA BATALLA 

    Cuando amaneci√≥, los dos ej√©rcitos estaban formados frente a frente a una cierta distancia. En la vanguardia del cristiano, capitaneando sus tropas de choque, don Diego L√≥pez de Haro escuchaba esta advertencia de labios de su hijo: "Padre, que lo hag√°is de modo que no me llamen hijo de traidor y que recuper√©is la honra perdida en Alarcos". A lo que el viejo guerrero respondi√≥: "Os llamaran hijo de puta, pero no hijo de traidor". (Lo dec√≠a don Diego porque su esposa era de costumbres libres y lo hab√≠a abandonado.) Don Lope prometi√≥ a su padre: "Ser√©is guardado por mi como nunca lo fue padre de hijo, y en el nombre de Dios entremos en batalla cuando quer√°is".

    La caballer√≠a cristiana capitaneada por don Diego carg√≥ por la pendiente de la Mesa del Rey abajo al encuentro enemigo. El terreno era dif√≠cil, cubierto de monte bajo, arbolado y tajado por un barranco. Al choque, las avanzadas musulmanas se deshicieron y dispersaron como si huyeran, sin dejar ni un muerto en el campo, y los cristianos prosiguieron su galopada en busca del blanco firme que se ofrec√≠a en los altozanos contiguos, donde estaba apostada una muchedumbre. All√≠ se produjeron los primeros choques pero los atacantes atravesaron esta segunda l√≠nea sin mayor dificultad y todav√≠a les qued√≥ impulso para arremeter contra el grueso del ej√©rcito almohade.

    El terreno favorec√≠a a los musulmanes, que estaban en alto. Los cristianos llegaban a ellos cansados por la cabalgata y desorganizados por los previos encuentros. Por otra parte, las tropas que los esperaban eran de mejor calidad que las de vanguardia. No s√≥lo rechazaron el ataque f√°cilmente sino que contraatacaron pendiente abajo con gran grita y ruido de los tambores de la zaga y obligaron a los cristianos a ceder terreno. Las tropas de los concejos comenzaron a desmayar, la situaci√≥n no pod√≠a sostenerse ni siquiera con los refuerzos que llegaban de la segunda l√≠nea de los cruzados. Fatalmente la vanguardia cristiana se hab√≠a desorganizado y desmoronado ante el empuje almohade.

    Hasta este punto rodo parec√≠a desarrollarse con arreglo a la estrategia musulmana. Desde su puesto en la tercera l√≠nea, el rey Alfonso VIII contemplaba, entre la polvareda lejana, la retirada de las banderas de sus tropas. Crey√≥ distinguir entre ellas el pend√≥n de don Diego L√≥pez de Haro y volvi√©ndose al arzobispo de Toledo que a su vera estaba, coment√≥ con disgusto: "Mirad como vuelve la se√Īa de don Diego" Andr√©s Roca, ciudadano del concejo de Medina del Campo, escuch√≥ lo que el rey dec√≠a y le replic√≥: "Cierto no es aquella la se√Īa de don Diego, mas mirad adelante y ver√©is vuestra se√Īa y don Diego con la suya. Los que huyen los villanos somos, que los hidalgos no, que aquella que huye la se√Īa es de Madrid". Por menospreciarlos ante el rey con estas palabras, los aludidos asesinar√≠an luego a Andr√©s Roca.

    Don Diego y los suyos se manten√≠an a pie firme sin ceder terreno, pero era evidente que las dos primeras l√≠neas cristianas, asaltadas desde mejores posiciones por los veteranos almohades y penetradas y envueltas por caballer√≠a ligera del enemigo, se hallaban en desesperada situaci√≥n, desorganizadas y al borde del colapso. Adem√°s, ofrec√≠an un blanco casi inm√≥vil a los arqueros y hondero se Al-Nasir. Estaba claro que las fuerzas cristianas en liza no podr√≠an, por si solas, salvar la situaci√≥n. Alfonso VIII crey√≥ llegado el momento de dirigir la carga decisiva, de cuyo resultado depend√≠a la suerte de la jornada.

    Seg√ļn la cr√≥nica, el rey dijo al arzobispo de Toledo: "Arzobispo, vos y yo aqu√≠ muramos". Y sin m√°s pl√°tica cargaron al frente de la tercera l√≠nea para socorrer a los que estaban batallando en la ladera del palenque del Miramamolin. Al propio tiempo, sincronizando su movimiento con el del cuerpo central, entraban en combate las reservas de las alas, al mando de los reyes de Arag√≥n y Navarra.

LA CARGA DE LOS TRES REYES 

    Tal como se hab√≠a planteado el encuentro del lado cristiano, esta carga ten√≠a que ser la √ļltima y decisiva. De que fuese capaz de perforar todo el dispositivo almohade depend√≠a la suerte final de la batalla. Si era frenada y perd√≠a su conexi√≥n hasta verse infiltrada y desorganizada por los elementos ligeros musulmanes, como hab√≠a ocurrido con los destacamentos precedentes, era seguro que la nueva derrota dejar√≠a en mantillas al desastre de Alarcos. Los historiadores cristianos rodean la acci√≥n de Alfonso VIII de una aureola de hero√≠smo, como si en el supremo instante su decisi√≥n y valent√≠a personal hubiesen salvado una batalla que estaba perdida. En realidad, como estamos viendo, la batalla no estaba decidida sino que iba discurriendo, por uno y otro bando, con arreglo a planes preconcebidos y cuidadosamente ejecutados.

    Los cruzados jugaban su √ļltima carta que era la carga definitiva de cuy √©xito todo depend√≠a. A esta opon√≠an los musulmanes la resistencia pasiva pero formidable de una de las fortificaciones de campa√Īa calculadas para sustituir con ventaja la falta de una caballer√≠a pesada.

    La carga de los tres reyes enfil√≥ su objetivo y cruz√≥ el campo de batalla sin perder cohesi√≥n: con su √≠mpetu inicial apenas mermado lleg√≥ al palenque del Miramamol√≠n. De aquel momento supremo y verdaderamente decisivo del combate apenas tenemos noticias fiables. Fuentes tard√≠as sostienen que fue Sancho el Fuerte de Navarra el primero en romper las cadenas y pasar la empalizada, lo que justifica la incorporaci√≥n de cadenas al escudo de Navarra, pero el caso es que las cadenas y palos ardiendo aparecen en los escudos nobiliarios de muchas casas que podr√≠an blasonar igualmente de la haza√Īa. Lo m√°s probable es que la empalizada, directamente atacada en toda su extensi√≥n, fuese penetrada simult√°neamente por vario lugares. Los imesebelen sucumbieron en sus puestos, fieles a su promesa.

    El deg√ľello dentro de la fortificaci√≥n del Miramamol√≠n fue terrible. El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la coincidencia de estar dilucidando la suerte suprema de la batalla, espolear√≠a el desesperado valor de unos y otros. Pero no exist√≠a en aquella √©poca ninguna forma humana de detener una carda de caballer√≠a pesada cuando se abat√≠a sobre un objetivo fijo y lograba el cuerpo a cuerpo (todav√≠a no se hab√≠a divulgado en Europa el arco largo gal√©s y las armas de fuego que dar√°n al traste con la caballer√≠a en los dos siglos siguientes, como en su momento veremos). En las Navas, los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros, principalmente por la vulnerabilidad de sus caballos, no podr√≠an actuar debidamente, cogidos ellos mismos en medio del tumulto. La carnicer√≠a en aquella colina fue tal que despu√©s de la batalla los caballos apenas pod√≠an circular por ella, de tantos cad√°veres como hab√≠a amontonados. El ej√©rcito de Al-Nasir se desintegr√≥. En la terrible confusi√≥n cada cual busc√≥ su propia salvaci√≥n en la huida.

EL ALCANCE 

    Lo que sucedi√≥ al enfrentamiento no fue menos terrible que el propio combate. El "alcance" que coronaba la batalla medieval dio comienzo. La caballer√≠a cristiana, dispersa en peque√Īos destacamentos, prosigui√≥ su carrera alanceando y derribando a los fugitivos. La cifra de bajas almohades fue tan crecida porque en el alcance perecieron casi tantos hombres como en el combate propiamente dicho. Perseguidos y perseguidores atravesaron el abandonado campamento almohade y prosiguieron hacia el sur. Los fugitivos intentaban refugiarse en la fortaleza de Vilches, la m√°s cercana al lugar de la batalla. Un cronista tard√≠o escribe: "Hallaban a los moros en las encinas y en los alcornoques y all√≠ les daban muchas lanzadas y as√≠ los derribaban".

   Los jefes cristianos hab√≠an prohibido, bajo pena de excomuni√≥n, dedicarse al saqueo de los despojos y campamento enemigos antes de que los almohades hubiesen sido completamente exterminados. Esta medida estaba plenamente justificada: sab√≠an por experiencia que algunas batallas que parec√≠an ganadas se compromet√≠an o acababan en franca derrota por causa de la codicia de la soldadesca que , creyendo favorablemente decidido el combate, desatend√≠a la lucha por saquear las tiendas de los vencidos.

   Sofocada toda resistencia almohade, los cruzados se precipitaron sobre el bien abastecido campamento enemigo, ya arrasado y en completa confusi√≥n, en busca de objetos valiosos, oro, plata, seda y vestidos, adem√°s de armas, caballos y vituallas. De todo hallaron en cantidad -- exagera probablemente el cronista-- que, aunque cada uno tom√≥ lo que quiso, dejaron todav√≠a mas de lo que cogieron.

   Mientras tanto, el arzobispo de Toledo y los otros obispos y cl√©rigos que acompa√Īaban a la expedici√≥n entonaron el Te Deum Laudamus en el mismo campo de batalla, en acci√≥n de gracias por la victoria.

   Antes de que anocheciera, los cristianos levantaron el campamento de la Mesa del Rey y lo trasladaron al emplazamiento donde hab√≠a estado el campamento almohade. Luego sepultaron a sus muertos.

   Nadie cont√≥ los cad√°veres de sarracenos que quedaron en el campo para pasto de alima√Īas. Los cronistas cristianos cifran los muertos en unos cien mil, lo que parece exagerado. Por el lado cristiano, hablan de veinticinco o treinta muertos, una cifra absolutamente inaceptable que s√≥lo se explica por el deseo de revestir el encuentro con el carisma de lo milagroso. Tambi√©n aseguran que, a pesar de la espantosa carnicer√≠a producida, no se encontraron en el campo manchas de sangre. En cuanto al pastor que mostr√≥ a los cristianos un paso alternativo del desfiladero de la Losa, aseguran que era un √°ngel del cielo o San Isidro labrador en persona (otros dicen que era humano y se llamaba Mart√≠n Halaja).

A SANGRE Y FUEGO 

   El ej√©rcito cristiano descans√≥ en su nuevo campamento durante dos noches y un d√≠a. Durante este tiempo los vencedores alimentaron sus hogueras con lanzas, arcos y flechas almohades recogidos en el campo o en los dep√≥sitos capturados. A pesar de ello, s√≥lo se pudieron deshacer de una m√≠nima parte del material disponible.

   El mi√©rcoles 18, los cruzados trasladaron el campamento m√°s al sur probablemente porque, con los valores de julio, la putrefacci√≥n de los cad√°veres se hab√≠a acelerado y el hedor llegaba a las tiendas. Algunos destacamentos tomaron los cercanos castillos de Vilches, Ba√Īos y Tolosa y degollaron a sus defensores y a los fugitivos de la batalla refugiados en ellos.

   Las noticias de estas matanzas sembraron el terror en la regi√≥n. Cuando el ej√©rcito cristiano lleg√≥ a Baeza, tres d√≠as despu√©s de la batalla, encontr√≥ la ciudad despoblada e excepci√≥n de algunos ancianos e impedidos que se hab√≠an acogido a la mezquita mayor. Los conquistadores incendiaron el templo con cuanto conten√≠a.

   Al d√≠a siguiente los cruzados cercaron Ubeda, ciudad populosa y bien defendida pero abarrotada de refugiados. Los cristianos dejaron pasar un d√≠a sin atacar, escrupulosos observadores del domingo, y el lunes 23 asaltaron las murallas por varios puntos simult√°neamente. El Rey de Arag√≥n consigui√≥ desmoronar una torre minando sus cimientos. Los cruzados irrumpieron por la brecha e invadieron la ciudad. Los musulmanes que pudieron se refugiaron tras una segunda l√≠nea defensiva que cercaba el barrio alto de la ciudad y ofrecieron a los cristianos comprar la paz y sus vidas mediante fuerte rescate. Los tres reyes accedieron a cambio del pago de un mill√≥n de maraved√≠es en oro, una enorme suma imposible de reunir por los sitiados. Pero estos desgraciados ten√≠an un problema a√ļn mayor: las dignidades eclesi√°sticas que formaban parte de la expedici√≥n y velaban por el cumplimiento de sus ideales de cruzada hicieron saber que los c√°nones eclesi√°sticos prohib√≠an todo trato con infieles. Por lo tanto Ubeda fue destruida y su poblaci√≥n degollada despu√©s de espigar los que val√≠an para esclavos.

   Con la base del sistema defensivo almohade completamente desmantelada parec√≠a que la conquista del resto de Andaluc√≠a era empresa f√°cil y hacedera. Pero una epidemia de disenter√≠a, causada por la falta de higiene y el calor, a la que cabr√≠a a√Īadir el agotamiento de la tropa (no s√≥lo de la batalla y los asedios sino tambi√©n de sus excesos con las moras cautivas), postraron en sus tiendas a gran n√ļmero de cruzados. Hubo que suspender la expedici√≥n.

   Cubiertos de gloria y cargados de bot√≠n, los expedicionarios desandaron lo andado y regresaron a Castilla. La conquista de la f√©rtil Andaluc√≠a quedaba aplazada para mejor ocasi√≥n.

   Alfonso VIII, embriagado por la gloria de su se√Īalada victoria y cumplidamente vengado de Alarcos, entr√≥ triunfalmente en Toledo y derram√≥ bienes y promesas sobre cuantos hab√≠an contribuido a la Cruzada. El rey de Le√≥n, que no s√≥lo no lo hab√≠a apoyado sino que, aprovechando la escasa guarnici√≥n de la frontera castellana, le hab√≠a tomado algunos lugares, tem√≠a que Alfonso VIII cayera sobre √©l con su victorioso ej√©rcito. Pero Alfonso generoso y magn√°nimo, no s√≥lo le ofreci√≥ la paz sino que renunci√≥ a sus derechos sobre los lugares en disputa. A Sancho de Navarra, su enconado enemigo, que hab√≠a asistido a las Navas, tambi√©n le entreg√≥ los castillos y lugares fronterizos que codiciaba.

   La batalla de las Navas de Tolosa maraca un hito en la historia de Espa√Īa: alej√≥ el peligro de una invasi√≥n musulmana de los reinos cristianos y contribuy√≥, aunque no de modo tan decisivo como se pretende, al desmembramiento y ruina del imperio almohade. Adem√°s hizo saltar el cerrojo de la puerta de Andaluc√≠a y consolid√≥ la frontera castellana en Sierra Morena facilitando las grandes conquistas castellanas en el siglo XIII.

   Al-Nasir nunca se repuso del desastre de las Navas. Abdic√≥ en su hijo, se encerr√≥ en su palacio de Marraquech y se entreg√≥ a los placeres y al vino. Muri√≥, quiz√° envenenado a los dos a√Īos escasos de su derrota. Alfonso VIII s√≥lo lo sobrevivi√≥ unos meses. Pedro II de Arag√≥n, el rey caballero, pereci√≥ al a√Īo siguiente en la batalla de Muret, combatiendo a los cruzados que Inocencio III hab√≠a convocado contra los herejes albigenses (Pedro II estaba auxiliando a su cu√Īado Raimundo IV de Tolosa), Sancho el Fuerte de Navarra sobrevivi√≥ veintid√≥s a√Īos a la batalla. Al final de su vida, atacado de alguna especie de neurastenia "a causa de su mucha grossura y de la poca salud que ten√≠a", se recluy√≥ en su palacio de Tudela, donde permaneci√≥ encerrado hasta su muerte en 1234. 

Juan Eslava Gal√°n

 

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